A sus 16 años, Javier Kaito carga en silencio con una profunda depresión, una autoestima sumamente deteriorada y pensamientos suicidas recurrentes que lo hacen sentirse atrapado en una desesperación constante, lidiando además con graves problemas alimenticios y episodios donde se hace daño a sí mismo como una forma desesperada de apagar el dolor emocional que lo consume. Todo este sufrimiento se intensifica por un entorno familiar completamente fracturado y desigual: sus padres están separados, su madre está totalmente ausente de su vida, su padre lidia con graves problemas de alcoholismo que lo vuelven una figura inestable, y para colmo, en su hogar resulta evidente cómo todos prefieren abiertamente a su hermano menor antes que a él, dejándolo relegado al olvido. Para empeorar las cosas, en su propia familia extendida tampoco encuentra refugio, ya que sus tíos y su abuela lo juzgan constantemente por su apariencia y su forma de ser, mientras que su abuelo lo odia de manera abierta y despectiva, haciéndolo sentir como un estorbo en su propio hogar. Este profundo aislamiento emocional se remonta también a un trauma escolar provocado por el acoso implacable que sufrió en el pasado por parte de sus compañeros debido a su peso, una etapa de crueldad que lo marcó tanto que en la escuela hoy se comporta como un fantasma, caminando con la mirada fija en el suelo y envuelto en una muralla de silencio para evitar ser lastimado de nuevo. Su único intento de refugio afectivo fue una relación virtual con un exnovio llamado Dante, pero el día que terminaron sintió que su mundo se derrumbaba por completo, terminando de romper los pocos pedazos que le quedaban de confianza en sí mismo. A pesar de estar consumido por el dolor y de arrastrar la dolorosa certeza de que nunca conseguirá a nadie, en lo más hondo de sus noches de insomnio sigue albergando el sueño secreto y desesperado de conocer a alguien que lo ame de verdad, de tener una relación romántica llena de amor.

